¿Qué nos va a pasar?

Esta semana, una reflexión sobre el futuro que vendrá

Pasada la medianoche de hoy se fue el verano austral. Aún hace calor, pero ya no tanto como hace dos semanas; ese fue el plazo que nos dio el COVID-19 para darnos vuelta la existencia — tal como la conocíamos hasta ahora - al sur del mundo. La pandemia era una palabra que parecía siempre lejana y vivía en imágenes de satélite que duraban minuto y medio en el bloque internacional de un noticiero al que no le poníamos atención; ahora es sinónimo de un desastre histórico mundial en todo ámbito: si bien habitualmente futuros es un resumen de noticias de tecnología y economía digital, más que nunca el Coronavirus pasó de ser una lista de links a tener que ver con todo lo que hacemos, hemos dejado de hacer y haremos de ahora en adelante.

El enemigo en casa — y en WhatsApp

El aislamiento social al que nos estamos enfrentando está causando estragos de todo orden, principalmente económicos y que desencadenaron paquetes de ayuda para salvar al mercado global y local. Mientras seguimos encerrados, la desinformación es rampante en las plataformas de mensajería instantánea; tierra de nadie a la hora de verificar información en forma de video, imágenes, audios y textos de dudosa procedencia que circulan de persona a persona y alimentan todo tipo de narrativas. El verdadero peligro de estas conductas irresponsables (que no logramos erradicar dada nuestra naturaleza) desnuda un hiperindividualismo rampante, una incapacidad de empatizar y entender que la amenaza ya no está en China ni en Italia, sino aquí mismo y en todas partes.

Desde que tengo memoria, en Chile nos han insistido que somos campeones mundiales de la solidaridad por financiar de nuestros bolsillos a la Teletón. Esta semana esa frase quedó como marketing puro al ver acaparamiento de papel higiénico y comida en los supermercados, o los precios inflados que alcanzaron los insumos básicos para el autocuidado, como medicamentos, jabón antibacterial y alcohol gel en farmacias; todo lo anterior fue generado por miedo al irremediable avance de un enemigo invisible, implacable y poderoso que no conocemos.

Contagiados de miedo

Otro catalizador de ansiedad y miedo tiene que ver con la reacción política al Coronavirus. En Chile, la estrategia comunicacional de Piñera y su gabinete ha tenido numerosos desaciertos: mientras, desde los gobiernos peruanos y argentinos tomaron medidas sensatas a tiempo — incluyendo la cuarentena total que rige al otro lado de la cordillera desde el viernes 20 a medianoche -, el encargado de la salud pública nacional cuestionaba en Twitter la efectividad de la suspensión total de las clases; supiera el Dr. Mañalich que gracias a la valentía de un grupo de científicos de Seattle que se opuso a la censura gubernamental, los estadounidenses se enteraron del avance inicial en su país del virus en enero usando la red social por la que suele gobernar Trump.

Ante toda esta incertidumbre, nuestra reacción natural es expresarnos; pero al hacerlo alimentamos cómo el resto percibe la realidad. Como no podemos hacerlo en persona, el fantasma de caos y desabastecimiento corre desde mediados de febrero en los grupos de WhatsApp, y más fuerte estos últimos días junto a fotos y videos de supermercados medio vacíos que plagan historias de Instagram y posteos en Facebook. Todo circula constantemente desde las redes hacia los medios masivos (y viceversa), gatillando una cámara de eco que nos grita constantemente que lo peor está por venir.

Por eso, la pregunta que me da vuelta estas primeras semanas de cuarentena autoimpuesta es si es posible saber qué nos va a pasar en los meses que vienen. Este momento se siente como el simulacro masivo de un mañana que siempre estuvo ahí pero nunca agarró vuelo; uno donde vivir detrás de una pantalla ya no es alternativa, sino una opción forzada y sobre todo conveniente, pero sólo para algunos.

El privilegio de estar en cuarentena

Me explico: una de las consecuencias de “estar” en este “nuevo” futuro es que seguirá siendo un privilegio, y no todos tienen acceso ni van a tenerlo. Y curiosamente, para los que podemos, el aislamiento social que vivimos comenzó hace rato: pasó cuando trasladamos la oficina 24/7 a WhatsApp o una aplicación de colaboración empresarial, al hacer videollamadas para ver en vivo a nuestro entorno cercano, o al apostar por la comodidad de pedir lo que sea — abarrotes, comida preparada, lo que se te ocurra - en las aplicaciones de despacho de última milla que se pelean el mercado. Nunca en la historia de este planeta habíamos estado mejor atendidos.

Como diría Homero Simpson, ante cualquier necesidad un ¿no podría hacerlo otro? resuena en mi cabeza; la respuesta a esa interrogante está al alcance de mi mano, siempre y cuando esté en manos de alguien más; ese alguien es una persona que no puede darse el lujo de teletrabajar o no presentarse en su lugar de trabajo porque se sienten enfermos o simplemente tienen miedo.

Esas personas, cientos de miles de ellas, son parte de una infraestructura invisible y artificialmente crítica por defecto, a la que nos hemos acostumbrado a tener disponible pero bajo un esquema extremadamente frágil y no regulado, donde la protección de la salud y del trabajo digno no son compatibles bajo la lógica aceleradamente construida por un mercado que gana a manos llenas gracias a sus vacíos. Para ellos, elegir cuidarse (mientras exista demanda) no es una opción; hacerlo es resignarse a no percibir sueldo, ganar la mitad para salvar el puesto de trabajo, o simplemente ser despedido. Esa es una de las consecuencias de la Amazonificación de la economía.

Y ahora, qué

Como siempre, ante la crisis aparecen oportunidades: el reconocimiento facial incluso al usar mascarilla ya es una realidad en China, y la vigilancia de los casos de COVID-19 a través de aplicaciones que usan el GPS de los dispositivos móviles y mensajes de texto en Corea del Sur; la última de ellas va al alza: fue incluso portada de un diario chileno y mencionada por Piñera en cadena nacional, alabando los beneficios que trajo la medida para atajar el brote y anunciando una colaboración con el gobierno de la península asiática para desarrollar una versión local que asegure una cuarentena efectiva.

Sin embargo, el sólo hecho de entregarle a un gobierno facultades de tener acceso a nuestra ubicación exacta y actividad es poner en una bandeja de plata la chance (hasta ahora) distópica de control masivo de la población; un paso que, una vez dado, será imposible de revertir.

Los medios, dentro de la infoxicación, muestran una cara positiva: la baja drástica de los niveles de contaminación atmosférica en Beijing, y las imágenes de aguas claras en Venecia. Ambos panoramas abren la posibilidad de darle un respiro al planeta de nosotros mismos en este “nuevo” “futuro”; uno donde aún desconocemos cómo esta pandemia impactará realmente la forma en la que vivimos, nos relacionamos y trabajamos, y las consecuencias sociales y económicas de la aceleración cada vez más cercana del traslado de lo físico hacia el espacio virtual que hoy habitamos a medias.


Chilenos para leer y escuchar en cuarentena:

Si hay algún newsletter o podcast chileno (o latino) que me quieras recomendar y que no esté en la lista sobre estas líneas, escribeme y lo agrego a la lista en la próxima entrega de futuros.

Eso es todo. De más está decir que por razones obvias, el sorteo del Moto e6 Play originalmente programado para este 23 de marzo está suspendido hasta nuevo aviso. Muchas gracias por suscribirte y leer este newsletter.

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-ji